martes, 8 de noviembre de 2011


Moujik is looking for a nicer place
to keep sleeping!

martes, 19 de julio de 2011

Alguien baila le swing por aquí?

Durante dos años viví en el casco antiguo de Barcelona. Cuando me sobraba tiempo entre las clases y el trabajo solía rondar por el Raval, normalmente sola y sin un propósito concreto. Me acababa de trasladar a la ciudad y allí es dónde crearía mi nueva vida y encontraría mis lugares favoritos. Más tarde, cuando me trasladé a l'Eixample solía decir que ese no era mi barrio, que yo era del Raval.

En uno de mis paseos recuerdo llegar a la calle Riera Baixa y avistar una tiendecita pequeña que desprendía vida desde lo alto de la calle. Saltaban a la vista dos plantas situadas cual esfinges en ambos lados de la entrada. Y una imagen en blanco y negro de dos bailarines a tamaño real que recordaban a Fred Astaire y Ginger Rogers decorados en purpurina plateada. Aquello sin saber bien qué era me pareció el paraíso.

Me recibió un perro asustadizo que parecía un cervatillo en miniatura. Antes de poner un pie dentro, me quedé un rato entre los dos escaparates, reducidos como mi portero animal y llenos de encanto. La creatividad se desprendía desde las poses de los maniquíes, que parecían tener vida propia y llevaban pelucas disco y stilettos de firma. Cuando miré al interior de la tienda, al final del mostrador había una luna blanca de neón y una palmera luminosa. Caí sin querer dentro de la boca del lobo.

Todo aquello parecía tener en mí el efecto de un museo de golosinas. Nada en aquel lugar era gratuito ni estaba fuera de su sitio. Las coordenadas estaban completamente alineadas según un sentido propio del gusto y la imaginación. Las prendas y objetos que construían ese universo parecían estar escogidas y colocadas en su lugar con cariño y convicción. Esa clase de energía y pasión que contagia la gente que sabe que aquello que quiere expresar vale la pena.

Allí daba igual si las prendas tenían etiqueta o no, lo importante era que tuvieran sabor. Se percibía el feeling que transmiten los verdaderos melómanos. La pureza de gusto que no conoce las fronteras entre música indie y comercial, entre "de moda" y "demodé", entre lo que es de calidad y lo que no, entre la virtud y la emoción. Que saben que aciertan porque están siendo fieles a aquello que les atrae o les conmueve. Que no entienden el significado de la palabra excéntrico porque ellos no perdieron la imaginación y aborrecen lo aburrido. Que no creen que la palabra vintage tenga demasiado significado a estas alturas del campeonato.

Y tú podías acercarte a un pañuelo y una voz cubana salía de detrás del mostrador y te decía que aquel estampado era tan viejo y moderno a la vez, que parecía de Missoni. Te contaba que tenía un brazalete precioso de bronce con una piedra incrustada que parecía de zíngara. Y unos zapatos de piel púrpura con un tacón en forma de escalera. Y un cinturón con tachuelas de elefantes y herraduras doradas que podría ser perfectamente Hermès. Y tú no sabías nada de nada y eras demasiado tonta y tímida para hablar. Y mientras intentabas digerir todo aquello te adentrabas en una selva de camisas hawaianas, otras sedosas y delicadas, prendas en piel, camisetas Dior y Dior de mercadillo chino. Pasabas las perchas intuitivamente hacia delante y hacia atrás y leías Kenzo, Céline... Y te ponías delante del espejo a probarte unas botas rockabilly o unos zapatitos de Cenicienta. Y encontrabas bisutería de plástico que, ordinaria a primera vista, escondía un estampado geométrico muy arty.

Tampoco sabías como explicarlo pero olías que cada objeto desprendía un conocimiento de la historia del arte y de la moda, así como de lo divertido y lo vulgar, que era completamente necesario para construir todo aquello. Creías que el chico cubano parecía un cocinero de un restaurante de costa. Que pesca, cocina, te atiende y te habla del pescado que vas a comerte como nadie en el mundo podría hacerlo. Y te transmitía la pasión de tal forma que te daban ganas de formar parte de todo eso. Y salías siempre con una bolsa, feliz de haberte comprado una sardina, por pequeña que fuese.

La última vez que le viste le dijiste que te ibas a vivir a Londres. Le pareció fantástico. Te dijo que lo mejor que se puede hacer a veces es pasar un tiempo donde nadie te conoce para vestir y hacer lo que te dé la gana. Para convertirte poco a poco en todo lo que quieras ser. Al hacerte la maleta casi no te llevaste ropa, pero cogiste el brazalete de zíngara.

Y para ti aquel lugar ya no era ni siquiera una tienda. Era mucho más que un nombre famoso o un pie de foto en una editorial de una revista de tendencias. De repente ese diminuto universo se había convertido en un refugio dónde siempre que lo necesitaras, la belleza y la magia te estarían esperando bailando al ritmo de un pegajoso y dulce swing.